Jemima, británica de 23 años

Le incomodan las bañeras que están a punto de desbordarse

Cuando tenía unos siete años, Jemima Richichi empezó a notar que se sentía incómoda cuando estaba cerca de una bañera llena de agua. Si la bañera tenía poca cantidad de agua, estaba bien la cosa, pero si el nivel subía por encima de unos tres cuartos de su capacidad, se le ponía la piel de gallina.

Tal vez todo empezara con las muchas cacas flotantes que navegaban en la bañera cuando compartía baño con su hermano y su primo. “Es raro pero me acaba de venir a la cabeza la imagen de muchas cacas apareciendo entre las burbujas”, dice Jemima de 23 años. “Bañeras rebosando y con un montón de pompas de jabón, de esas que te pones en la cabeza o en la cara para hacerte una barba de mentira… en cualquier momento podría aparecer una caca que lo arruinara todo”.

“Es raro pero me acaba de venir a la cabeza la imagen de muchas cacas apareciendo entre las burbujas”.

O tal vez fue la ingeniosa idea de su padre de “la fiesta de la bañera”, que se inventó una tarde en la que llegaba tarde a una fiesta de cumpleaños. Se bañó en la bañera con menos agua del mundo para ahorrar tiempo, unos diez centímetros de profundidad, o puede que menos, y se lo vendió a Jemima como una cosa especial. Jemima se quedó encantada. Y durante años, insistió en seguir dándose esos baños tan divertidos con poquísima agua.

Por otro lado, las bañeras llenas le ponían de los nervios. Si veía una, se sentía incomoda e incapaz de relajarse. “Si veía una bañera completamente llena, era como si eso fuera lo único que hubiera en el cuarto, lo único que podía mirar”, dice. “Me recordaba a las pelis de miedo. Esa sensación de vacío que después te hace sentir un poco rara”.

Jemima no podía siquiera acercarse a quitar el tapón. Lo que hacía era buscar algún tipo de cubo y sacar el agua meticulosamente para tirarla por el lavabo o el retrete hasta que el nivel del agua bajara a un punto tolerable. Y por supuesto, si había alguna posibilidad de que el agua rebosara, ni se acercaba. “¿Puede que sea cosa de ser escrupulosa?” se pregunta.

Años después, Jemima asegura que ya lo tiene casi superado. Casi nunca se da un baño en una bañera, pero dice que es porque se aburre enseguida y tiene mejores cosas que hacer. Aún así, en la rara ocasión en que se da un baño, no llena la bañera más de tres cuartas partes.

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