Kirsty, australiana de 29 años

No soporta los ombligos

Cada mañana después de ducharse, Kirsty Smith rehuye del espejo mientras se viste a la velocidad del rayo, todo para evitar poner la vista en una parte concreta y muy normal de su cuerpo: el ombligo. No es nada fan tampoco del de los demás, y menos si es de los que están salidos hacia fuera.

“Trato de evitar mirar al vientre de la gente, sobre todo porque puedo tener la mala suerte de toparme con uno de esos ombligos que están hacia afuera. Esos son los más molestos. Es que, ¿por qué un ombligo tiene que salirse así hacia fuera? No lo soporto”, dice la australiana de 29 años. “Los ombligos en general no molan nada, pero si por lo menos está para adentro puedes hacer como si no lo hubieras visto. Aj. Me dan tanto asco que me estoy poniendo mala solo de hablar de esto”.

La omfalofobia, o sea, el miedo extremo a los ombligos, no es muy práctico, porque están por todas partes: en la playa, asomando por debajo de las camisetas de la gente cuando intentan coger algo de las estanterías más altas del super, o sobresaliendo en las tripas de las embarazadas.

“Trato de evitar mirar al vientre de la gente, sobre todo porque puedo tener la mala suerte de toparme con uno de esos ombligos los que están hacia afuera. Esos son los más molestos. Aj. Me dan tanto asco que me estoy poniendo mala solo de hablar de esto”.

Kirsty reconoce que esas futuras mamás son las culpables de que su fobia se haya disparado así. Se empezó a fijar en esas barrigas enormes con ombligos protuberantes después de quedarse embarazada ella el año pasado. “Tengo un ombligo muy metido para dentro, y cuando me quedé embarazada mi gran miedo era que se me saliera hacia fuera. Y más o menos se me salió, no podía ni mirarlo, era y es horroroso”, dice.

Lo peor vino después del parto: su niño super-precioso llegó a casa con un nudo de cordón umbilical nada-precioso, seco y sangriento. Kirsty se apañó tapándolo con una sábana cada vez le cambiaba, hasta que por fin cicatrizó y se le cayó, y por suerte lo hizo directamente en el pañal, así lo tiró sin tener que tocarlo, ni verlo. “Ahora tiene un bonito ombligo para dentro, y lo llevo más o menos bien porque se parece al mío. Pero en realidad no quiero tocarlo”, dice.

Kim Kardashian lo entiende perfectamente, ya que al parecer, ella también es omfalofóbica. Y, momento de confesiones, yo también (Koren). Mis novios han aprendido bien pronto siempre que mi tripa, a no ser que sea sin querer, no se toca, o se arriesgan a despertar a la bestia. Y de hecho, escribir la historia de Kirsty está haciendo que me retuerza en la silla.

¿Sabéis la típica gracia de tocarse uno mismo el ombligo, o tocárselo al de al lado? No es ni un poquito original, ni tiene una pizca de gracia.

Kirsty está de acuerdo conmigo. “Cuanto más sabe la gente que tengo esta aversión, más intentan tocarme el ombligo. Es horrible. Y además tengo otra cosa: no me gusta que me toquen las rodillas, aunque no es ni de lejos tan terrible como lo del ombligo. Por hacer la gracia, mi marido siempre me toca las rodillas, y le dejo que lo haga, sin decirle que de alguna manera lo prefiero a que me toque el ombligo. No puedo contarle la verdad, porque cambiaría de táctica… y se nos iría la broma de las manos. Lo admito, soy una raruna”.

+ + +