Luke, australiano de 30 años

Le aterrorizan los palos de los helados

A Luke Royes le dan tanto pánico los palos de los polos que pensar en ellos mucho rato le provoca arcadas, e incluso puede llegar a vomitar. Odia su aspecto y la sensación que producen al tacto, su textura áspera, la posibilidad de clavarse una astilla. Prácticamente no puede tocarlos y mucho menos llevarse uno a la boca.

“Tuve un demonio de jefe al que le daba por pegarme sustos: aparecía por detrás y me agitaba palos en la cara, no tenía ninguna gracia”, dice. Luke asegura que ver aparecer de repente palos de polo, o cubiertos de madera, le asusta de verdad. “Como cuando una amiga me compró un pastel y tuvo el detalle de ponerle un tenedor de madera… cuando lo abrí y vi el tenedor salirse de la caja pegué un brinco como si lo que se había salido de la caja fuera una araña, una tarántula. Creía que se me iba a salir el corazón por la boca”.

“Te ponían un palo de esos en la boca y te decían ‘di aaa’. Daban ganas de vomitar”.

Puede que todo empezara cuando de pequeño le ingresaban en el hospital durante días por asma. ¿Usarían palos depresores de madera para mirarle la temperatura? Luke no está seguro sobre cuándo empezó todo, pero sabe que de niño ir al médico siempre le parecía un suplicio. “Te ponían un palo de esos en la boca y te decían ‘di aaa’. Daban ganas de vomitar”, dice ahora con 30 años. “Solo la idea de llevarme uno a la boca… poner madera en mi boca… en serio, no”.

Durante algún tiempo, Luke sí que comía helados de hielo de los que llevan palo, pero no era cosa fácil. “A veces al cogerlos mucho rato tiempo empezaba a sentir algo raro en los dedos o incluso dolor”, cuenta. “Ahora, si de verdad quiero uno, lo que hago es separar el helado del palo sujetando el palo con el envoltorio”.

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